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Gabriela Sarmiento en Milan retrato

Gabriela Sarmiento y lo que nadie te cuenta de competir en la S.Pellegrino Young Chef Academy

Gabriela Sarmiento llegó a la Grand Finale de la S.Pellegrino Young Chef Academy en Milán y no se llevó el título mundial, pero vivió algo que vale más que un trofeo. Su historia llega justo cuando las inscripciones para la nueva edición ya están abiertas: ¿y si tú también te lanzas?

Gabriela Sarmiento llegó a Milán con un objetivo que vale más que un trofeo para cualquier chef joven: poner su plato —y su identidad— bajo presión real. 

Porque la S.Pellegrino Young Chef Academy no es solo “cocinar rico”: es un curso acelerado, casi una maestría, donde tienes que profesionalizar tu discurso, entender qué te diferencia, afinar tu marca personal y demostrar qué tan sensible eres para transformar ingredientes (y memorias) en una experiencia que dialogue con un jurado global. Ganó la final regional de Latinoamérica y el Caribe con La Malquerida y compitió en la Grand Finale de la S.Pellegrino Young Chef Academy en Milán (28–29 de octubre de 2025). No ganó — la edición 2024–25 la ganó Ardy Ferguson (Asia) —, pero en este proceso la palabra “ganar” se queda corta: lo que realmente se mide es cuánto creces cuando te expones a estándares internacionales. 

Ella lo resume sin libreto, desde la sorpresa: “No sé cómo resumirlo. Impactante para mí ‘’hasta dónde llegué’’. Nunca lo visualicé cuando me planteaba cosas a futuro.” Esa frase, con todo y su atropello emocional, es precisamente el mensaje que otros jóvenes necesitan leer: no para idealizar el camino, sino para entender que el salto se construye con momentos buenos, malos y medio-medio… y que igual vale la pena lanzarse.

El nivel subía, y subía de verdad

En Milán, Gabriela se sentó en la misma conversación que otros campeones regionales del planeta. Y ese solo hecho ya cambia el chip: de “mi cocina” a “el mundo”. “Poder compartir con gente de renombre con filosofías culinarias iguales a la mía”, me dijo. Luego fue más profundo: “Vivirlo en carne propia es otra cosa: alimentar a la gente es unión. Hablamos un mismo lenguaje.” Ese lenguaje se vuelve más evidente cuando el estándar sube y la presión deja de ser abstracta. “El nivel subía. El estándar subía. No solo las de la gente. Las barreras que uno mismo se pone y luego supera.” No es una frase bonita: es la definición de lo que pasa cuando entras a un sistema donde todo se mide — tiempo, foco, ejecución, narrativa, presencia — y te descubres capaz de atravesar tus propios límites.

El plato de Gabriela Sarmiento

La parte que nadie ve: la red que sostiene el plato

Detrás de esa puesta en escena hay una capa menos glamorosa y más real: logística, comunidad y conexiones. El algodón de azúcar no apareció por arte. Se necesitaba la máquina en Milán y no lograban solucionarlo. Entonces todo se resolvió con la red de ayuda latinoamericana. Llegó a través de la chef argentina Dolli Irigoyen, que fue jurado anteriormente en la regional y que vino a Panamá a cocinar con ella y los otros jurados en almuerzos previos a la gran final en Panamá, cuando comieron juntos con los jueces latinoamericanos. Gabriela contó el problema y la respuesta fue inmediata. ‘’Latinoamérica no va a quedar mal por nada’’, dijo la chef Dolli y la conectó con el chef del restaurante Contraste en Milán. Ese tipo de momentos no aparecen en las fotos oficiales, pero son parte del verdadero aprendizaje: competir es cocinar, sí, pero también es resolver, pedir ayuda, construir alianzas y sostenerte con una red.

Familia, foco y control emocional

La escena más silenciosa — y más poderosa — no ocurrió frente al jurado, sino en la relación con su familia. Yo veía todo desde muchos ángulos: no se habló, pero se sentía esa conexión entre madre e hija. Le pregunté la razón y me dijo Gaby: ‘’Al momento en que hiciéramos contacto visual, hasta ahí llegaba’’. Dice que su estrategia fue proteger su calma: “Mi familia se convirtió en chef. Ellos sabían todo. No quería que me transmitieran los nervios.” Lo que parece frialdad es, en realidad, madurez: saber qué necesitas para rendir. Las prácticas no eran improvisación emocional; eran sistema. “Las prácticas las hacía en el hotel. Tenían cronograma.” Y para reducir variables, tomó decisiones prácticas: “No sabía a qué hora llegaban ni dónde se iban a sentar. Así, al no estar pendiente, tenía un problema menos.”

Luego vino una frase que funciona como herramienta de supervivencia: “Hacerlo y disfrutarlo al mismo tiempo.” Y su regla personal, como mantra: ‘’Pase lo que pase, tendré que disfrutarlo’’. En una competencia donde todo se evalúa, esa frase no es un cliché: es una forma de sostenerte para no acabar en el suelo.

Por qué esto sí es una maestría acelerada

Aquí entra la idea central del artículo — la que debería empujar a otros jóvenes a aplicar con su plato, incluso si no se sienten “listos”. Gabriela lo dijo sin rodeos: “Esta competencia da forma. Exige profesionalizar discursos y tu diferenciación.” Y eso significa exactamente esto: no basta con cocinar rico. Hay que entender qué te define, qué estás defendiendo, qué historia estás contando con tu ingrediente, y cómo tu propuesta se vuelve legible para un jurado internacional y para una audiencia global. Esa claridad no siempre la veo al inicio de carrera de muchos jóvenes. A veces aparece porque te obligas a estar ahí. Ella lo explicó como un descubrimiento: “Me ayudó a identificar mi corriente culinaria. Qué es eso que te define. No lo había concretado. Tenía una vaga noción y ahora ya me la llevo.”

Y aquí viene una de las frases más importantes para cualquier lector joven que está dudando: “Yo sentía que no estaba al nivel para competir. No tengo respuesta. Me lancé.” Esa es la acción. No la perfección.

Mentoría y “otras ligas”

En la etapa global, el trabajo se afila todavía más. Con su mentor Mario Castrellón — quien también fue juez en la regional — el tono fue directo y sin romanticismo: ‘’Hey pela, vamos a sacarle la mugre ‘’. Y luego, lo que de verdad cambia un plato: formato, textura, experiencia de comer. “Mario fue parte esencial del cambio que se le hizo al plato. Al formato del pescuezo. Algo más meloso, cucharearlo. La forma de comer.” No siempre estás convencido de entrada. Y aun así, el proceso te obliga a probar, soltar el ego y ajustar. “Cuando recibí la idea, no estaba tan convencida. Cuando lo probamos me dije ‘’tiene razón’’. Más porque vamos a otras ligas.” Ahí está otro aprendizaje de alto nivel: crecer no es defender tu primera versión. Crecer es defender lo que funciona mejor, aunque te obligue a cambiar.

Gabriela Sarmiento con el ganador de Spyca 2025-26

La parte más difícil: hablar

Incluso con cronograma, control y práctica, hay un punto donde el cuerpo tiembla: la voz. Gabriela fue totalmente honesta: “Yo sentía que tenía todo bajo control. A la hora de hablar, estaba extremadamente nerviosa. Me critico muy fuerte, pero a la hora de que salgan las palabras en un idioma que no era ni mío, me costó.” Este es uno de esos momentos “malos” o “medio-medio” que valen oro, porque muestran la verdad del proceso: no se trata solo de técnica. Se trata de presencia. De sostener tu plato con mucha convicción. Y aun así, la conclusión no es derrota: es compromiso. “Si ya me metí en esto, no hay manera que no funcione. Estoy comprometida.”

Para el chef joven que está leyendo esto

Si estás dudando si aplicar, este es el punto: no tienes que estar “perfecto” para entrar. Tienes que estar dispuesto a aprender rápido, a organizarte, a exponerte, a cocinar la receta de tu discurso, a descubrir qué te define y a convertir ingredientes (y memorias) en un relato sensible y coherente. Milán fue una escuela comprimida en dos días. Y aunque no haya ganado en la Grand Finale, ganó algo más difícil de medir: claridad, disciplina, identidad y la certeza de que el crecimiento real ocurre cuando te atreves a competir con tu plato en serio — con todo lo bueno, lo malo y lo medio-medio del camino.

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