Una vez tengas listo el mole, fríelo ligeramente antes de añadirlo al caldo para obtener un sabor más intenso y completo. En cuanto a la carne, utiliza siempre carne con hueso: es la clave para conseguir un caldo con cuerpo y textura. Durante la cocción, añade el agua siempre caliente para no cortar el hervor y, si puedes, deja reposar el pozole unas horas o incluso hazlo de un día para otro, ya que con el reposo el sabor mejora notablemente.
Variantes
Si prefieres una versión más ligera, prepara el pozole rojo con pollo: sustituye el cerdo por muslos y piernas de pollo con piel y hueso, y añade cuellos o rabadillas para enriquecer el caldo. El proceso es el mismo, pero se reducen los tiempos de cocción. Retira el pollo cuando esté tierno, deshébralo y vuelve a incorporarlo al final para que quede jugoso.
Con qué acompañar el pozole rojo
El pozole rojo se disfruta aún más cuando se sirve como parte de una mesa pensada para compartir. Junto a los acompañamientos clásicos —cebolla blanca picada, cilantro, rábanos en rodajas finas, repollo o lechuga, orégano seco y limón y totopos—, es buena idea añadir contrastes que equilibren su intensidad. Una entrada fresca como el aguachile de gambas aporta acidez y ligereza antes del caldo, mientras que una michelada mexicana tradicional resulta el acompañamiento ideal para refrescar el paladar y realzar los sabores especiados del pozole.
Cómo conservar el pozole rojo
Guarda el pozole en el refrigerador, bien tapado, hasta 4 días. También puedes congelarlo sin problema durante varios meses, preferiblemente sin los acompañamientos. Para recalentarlo, hazlo a fuego medio y ajusta de sal antes de servir.
Origen del pozole rojo
El pozole, que proviene del náhuatl pozolli (espumoso), es un plato de origen prehispánico ligado a rituales religiosos en los que se preparaba el maíz, un alimento sagrado para los pueblos de la época. Con el paso del tiempo y tras la conquista española, comenzaron a incorporarse nuevos ingredientes, como la carne de cerdo o el pollo, y la receta fue evolucionando hasta dar lugar a distintas versiones regionales. En zonas como Jalisco, se añadieron a la receta chiles secos, como el guajillo, que acabaron por darle el color (y el nombre) a la receta. Así, el uso de este ingrediente pasó a ser el responsable del color intenso del plato y también de su sabor característico, que lo ha convertido en una de las preparaciones más emblemáticas de la cocina mexicana.