En Montecarlo, todo empieza con un escenario. El de un principado diminuto, situado entre el mar y la montaña, donde las terrazas miran al horizonte y cada comida parece tener ya algo de acontecimiento
Aquí no se viene solo a comer: se viene a prolongar una cierta idea del lujo, entre luz mediterránea, servicio milimétrico y mesas que figuran entre las más icónicas de Europa.
Como suele ocurrir en la Costa Azul, la experiencia se vive tanto en el plato como en la atmósfera. Un almuerzo puede alargarse frente a los yates, una cena convertirse en un ballet silencioso bajo los dorados de un gran hotel o, al doblar una calle más discreta, revelar una propuesta contemporánea impulsada por una nueva generación de chefs. Porque, aunque Montecarlo cultiva su legado, su escena culinaria nunca permanece inmóvil.
Entonces, ¿qué hacer en 24 horas en Montecarlo? Siga el ritmo: un brunch apetecible, un almuerzo mediterráneo, unas horas para pasear sin prisa y, después, una cena en un restaurante casi escondido, pero muy apreciado por quienes saben.