Happening nació en los años 60 de la forma menos romántica posible: el publicista Osvaldo Brucco aceptó como parte de pago de una deuda un carrito (o chiringuito) precario sin luz ni gas. Y su esposa, Beba, fue quien decidió hacerse cargo del puesto de comida y comenzar a trazar el ADN del futuro restaurante. Su metodología fue implacable: recorrió la ciudad buscando al mejor proveedor de lomo, al productor de chorizos más artesanal y a la materia prima que no permitiera quejas.
Esa obsesión de Beba se convirtió en el pilar de un restaurante que hoy, en manos de su nieto Lucas, sigue siendo parada foodie obligatoria de la Costanera porteña, una zona icónica de Buenos Aires que bordea el Río de la Plata y se encuentra a metros de Aeroparque.
El edificio actual, una pieza de arquitectura moderna proyectada por Alberto Camardón en 1977, se diseñó para que la parrilla fuera el centro del lugar. Allí, el ritual no cambió, pero sí evolucionó su ejecución. Happening pasó de despachar 1.000 cubiertos diarios en sus épocas masivas a los 500 actuales. ¿El motivo? Una apuesta por el detalle: mejores emplatados, mayor control de los puntos de cocción y un servicio exclusivo que se apoya en la experiencia de mozos que visten la chaqueta de la casa hace más de cuatro décadas.
En Happening, la trazabilidad - palabra tan de moda hoy - es una práctica que llevan adelante desde hace más de medio siglo. El responsable de recibir la mercadería lleva cincuenta años en el puesto y, aunque está jubilado, sigue yendo solamente a dar el visto bueno a las piezas de carne que llegan cada mañana.
El paso por Happening exige detenerse en los hits que marcaron su historia. Entre los platos más pedidos, se encuentran los pescados blancos y la trucha salmonada, aunque el podio tiene un ganador indiscutido: el Asado Banderita. Para este corte tan representativo de la casa, se seleccionan apenas dos tiras por media res, buscando un equilibrio quirúrgico entre tenor graso y espesor. Se recomienda pedirlo en el punto de la casa (jugoso, pero con el borde crocante).
El cierre es innegociable: el volcán de dulce de leche, un postre que ya es marca registrada -tanto para porteños como turistas- y que resume el espíritu goloso argentino. Más allá de la técnica, el lugar se consolidó como un punto de encuentro cultural donde la bohemia y la fama internacional convivieron de forma natural. En sus mesas se sentaron desde Liza Minnelli hasta los Rolling Stones, quienes llegaron a pedir las famosas provoletas del lugar. Incluso la receta de su cheesecake tiene historia: Don Osvaldo Brucco la descubrió en Nueva York durante un viaje junto a la leyenda del tenis argentino Guillermo Vilas.