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Humedal, atollaó de pato de patio

Dificultad
Difícil
Tiempo total
1H 40MIN
Ingredientes

Arroz de grano corto: 250 gr

Fondo pato: 650 ml

Agua de achiote: 30 ml

Sal marina

Aceite de oliva

Hogao: 60 gr

Carne de pato: 350 gr

Cimarrón: 5 gr

Extracto de hierbas andinas : 40 ml

Yemas: 3

Aceite de oliva: 180 ml (por Alioli Hogao)

Aceite achiotado: 60 ml

Agua helada

Ajo macerado: 10 gr

Ajo asado: 12 gr

Hogao procesado: 100 gr

Magret: 140 gr

Sal gruesa: 300 gr

Tomillo molido: 20 gr

Polvo de ají dulce: 30 gr

Pimientas mezcladas: 15 gr

Comino: 5 gr

Orégano: 10 gr

Aceite de Oliva Virgen Extra

Limón mandarino

Papas criollas confitadas: 20 gr

Descubre Humedal, Atollaó de pato de patio. En este plato exploro la cocina del territorio a través de un arroz cremoso de pato, con magret curado y alioli de hogao. Es una receta que conecta paisaje, memoria y sabor, pensada para disfrutarse con calma.

01.
Para hacer arroz

Lavar el arroz hasta que el agua corra clara. Mezclar ¾ partes del fondo de pato, agua de achiote y sal en una olla, hervir y adicionar el arroz. Llevar a hervor de nuevo, reducir el fuego a mínimo y adicionar el hogao y el pato, mezclar suavemente y tapar con hoja de plátano. Cocinar 

02.
Para hacer Alioli Hogao

Batir las yemas con la sal hasta unificar los ingredientes.  Mezclar los aceites.

Mientras batir las yemas, empezar a adicionar el aceite en hilo por partes. Asegurarse de incorporar bien antes de poner más aceite. Si la mezcla se pone como una pasta, adicionar agua helada, 1 cucharadita cada vez, sin parar de batir para evitar que se separe el aceite. Una vez se ha adicionado 120 ml de aceite, adicionar el aceite restante en hilo continuo, hasta incorporar bien todo el aceite. 

Adicionar el ajo y el hogao, mezclar hasta incorporar bien. 

03.
Para hacer Magret curado

Lavar y secar bien el magret. Hacer unos cortes en diagonal por el lado de la grasa formando cuadrille.  Preparar  la mezcla de especias en el mortero. Untar el magret con aceite y luego frotar con la mitad de las especias, cubrir completamente. Mezclar la sal con el azúcar.

Colocar la mitad de la mezcla de sal y azúcar en una fuente a modo de base y poner el magret encima cubriéndolo con el resto de la sal. Tapar la fuente y colocarla en la parte inferior de la nevera durante 16 horas. Una vez han pasado las 16 horas, retirar la sal y volver a lavar y secar el magret. Cubrirlo otra vez con el resto de la mezcla de especias. Cubrir el magret con en un paño  whipall y guardar en la parte baja de la nevera por 15 días. Cortar en laminas muy delgadas. Reservar en frio.

04.
Para servir

poner el arroz, el pato estofado, terminar con las papas confitadas, láminas de magret curado y gotas de alioli de hogao. Terminar con ralladura de limón. 

Porciones:1 

30 g alioli hogao, 110 g arroz cocido, 20 g magret curado, 80 g carne de pato estofada, 20 g papas criollas confitadas y ralladura de limón mandarino

 

El territorio en el caldero, atollado de pato

He aprendido en la cocina que un plato más que una receta es una forma en la que el territorio habla a través de nosotros. Cada ingrediente trae consigo una geografía, un clima, una memoria. Cada preparación refleja los ciclos de la vida que la naturaleza sostiene.

En el Valle del Cauca, en el suroccidente colombiano, uno de los relatos culinarios que mejor sintetiza esa conversación silenciosa entre paisaje y cultura es el atollado de pato, una preparación cargada de  memoria y mestizaje.

Mucho antes de la colonia, los pueblos originarios ya habían aprendido a leer el territorio. Sabían cuándo sembrar, cómo agradecer y qué devolver. Su relación con la tierra no estaba basada en el dominio, sino en la reciprocidad. Con la llegada de los españoles aparecieron nuevas técnicas, animales y formas de organización. Y junto a ellos llegaron africanos esclavizados, portadores de una espiritualidad resistente que encontró refugio en el fogón.

En ese caldero, inevitablemente, las culturas comenzaron a dialogar.

Del mundo indígena, el atolla´o hereda la raíz, los aromas silvestres, la lectura sensible del paisaje. De África recibe la profundidad del guiso, la lentitud, la recursividad. De España, la técnica del arroz, el sofrito, que, al incluir el tomate y el achiote, se convierte en hogao, nuestra salsa madre, y una nueva estructura del plato. Sin tener un protagonista absoluto, todo convive, todo se sostiene: El arroz sembrado en los humedales en manos de los africanos,   El pato migratorio que llega siguiendo los ritmos del clima. El sofrito que se espesa en el tiempo. Es atolla´o, no es paella, no es caldoso,  es una preparación única, viva, inevitablemente ligada a su lugar de origen. Este plato no podría existir en otro territorio. Es la geografía volviéndose alimento. Es el paisaje transformándose en cuerpo.

Mi camino en la cocina ha estado guiado por una visión regenerativa, comprender que la cultura nace de la vida y que cocinar implica acompañar ciclos sin forzarlos. La naturaleza nos recuerda su simpleza, el sol permite que la vida ocurra; el alimento sostiene nuestra permanencia en ella. Todo está co relacionado.

Por eso creo que solo hay verdadera regeneración cuando el consumo es consciente, cuando sabemos quién cultiva, quién pesca, quién transforma; qué ecosistema sostiene ese producto y qué prácticas permiten que ese ecosistema siga existiendo.

Preparar atollado de pato no es un gesto nostálgico. Es un acto de escucha. En el habitan la resistencia, el duelo, la fe, el encuentro y la posibilidad. Habita una memoria compartida que sigue viva.

Hoy, mientras el mundo habla de sostenibilidad, desde la tulpa (Derivado del quechua "tullpa", representa el hogar, la sabiduría y la unidad familiar en comunidades indígenas como Nasa y Kamëntsá. Alrededor de su fuego se comparte alimentos, se transmiten historias, valores y se toman decisiones importantes, conectando con los espíritus y ancestros. Las tres piedras representan la luna (agua), el sol (fuego/hombre) y los niños/pueblo),  recuerdo que el futuro siempre estuvo aquí,  en los ritmos naturales, en el uso respetuoso de lo que ofrece la tierra, en la conciencia de que somos naturaleza y no algo separado de ella.

Desde Domingo, cocinamos como una forma de pedagogía en la cual custodiar el territorio, honrar a los agricultores y acompañar y cuidar a los ingredientes en su tránsito hacia el plato, es la manera de gestar conciencia colectiva.  En ese acto silencioso, la cocina se convierte también en un espacio de regeneración social. Porque es el ser humano, desde la conciencia, quien puede transformar sus decisiones de consumo en procesos de regeneración ecológica y económica.

El atollado de pato me recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Me invita  honrando estos paisajes comestibles, seguiremos protegiendo la relación más sagrada de todas, la que nos une con la tierra que nos sostiene. Cada vez que lo sirvo, siento que el territorio vuelve a hablar. Y yo solo intento escuchar, con humildad, gratitud y la certeza de que cocinar también es cuidar la vida.

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